15 de julio de 2009

La Odisea


Después de mucho tiempo habías vuelto a hablar con Él. Te había escrito para ver en qué andabas, algo que no cuadra en tu rutina diaria, porque no son amigos, no es el tipo de persona a la que le podés escribir para contarle que te diste la vacuna de la gripe o para avisarle que están dando Harry Potter en Cinecanal. Pero te escribió, y chatearon 10 minutos que todavía estás rumiando. Diez minutos que no significaron nada pero que a vos te elipsaron los últimos cuatro meses.
La noche en la que te escribió habías soñado con él. Habías soñado que te lo encontrabas y estaba con una chica, no le dabas importancia creyendo que era alguna atorranta que recién conocía, hasta que los viste irse de la mano, y ahí agarrabas un vaso de cristal lleno de Cindor y lo estrellabas contra la pared, para que te vieran. Y te veían, como si fueras una loca.
Ese mismo día habías salido a hacer las compras, y en una esquina viste a un chico alto, de barba, sacando fotos con una réflex. Podía ser él, se parecía a él. Y se te hizo un nudo en la garganta, era lo más parecido a él desde la última vez que lo viste. Te pusiste a pensar si también se acordará de vos tan seguido, y asumiste que no, que ya lo debe haber superado.

Así que su mensaje calmó un poco tu miseria, al menos no sos la única que lo piensa más que de vez en cuando. No sabés cómo hace, pero siempre aparece justo cuando más lo extrañás, cuando estás a punto de cometer alguna animalada que involucre lluvia, un grabador y un cassette de Peter Gabriel.
Te contó que se mudó, lejos, muy lejos, lejos de la posibilidad de encontrártelo. Ya no va a ser el amo y señor de la ciudad, las esquinas ya no van a tener canas y barba, los colectivos ya no van a pasar por su casa, ni el subte C va a ir a su barrio.
Haber hablado con él te deja una sensación rara, te volvieron un montón de cosas, extrañás horrores el año pasado, y recordás cómo más o menos a esta altura y bajo este clima estaba pasando tal o cual cosa, cómo todos los días del invierno es el aniversario de algo, de pelotudeces, pero de pelotudeces que ahora pagarías por tener.

El domingo te levantás para ir a tocar, después de soñar toda la noche con que te robaban la tarjeta de débito y te sacaban todos los ahorros para irte a vivir sola; te dejaban 100 pesos y tenías que quedarte a vivir con tu mamá, para siempre. Cada media hora te despertabas y volvías a soñarlo. Ni con la más retorcida pesadilla infantil, ni cuando soñabas con el zoológico zombie te aterraste tanto como con eso.
Te tomás el colectivo hasta Retiro para encontrarte con tu banda e ir a tocar a Derqui en un festival punk donde seguro van a ser el hazmerreír de la tarde y los van a abuchear por putos. No había probabilidades de salir airosos, no era, definitivamente, una buena idea hacer esa fecha, pero hay que tocar en donde sea, y fuiste.
Vas llegando a la estación inmersa en ese pensamiento de saberte yendo al muere cuando te das cuenta de que no tenés la cartera, te la dejaste en el 115.
Corrés desesperada hasta la terminal mientras llamás al banco para bloquear la tarjeta, tu amada tarjeta, tu pase a la libertad, y llamás a casa, solo para que te den apoyo moral, para que te digan qué hacer, porque después de todo en situaciones como esta, todavía atinás buscar algo que te haga sentir en casa y a clamar “mamá”.
Por unos minutos se te cruza toda tu vida (la que cabe en la cartera) por delante, hasta que después de correr siete cuadras divisás un 115 vacío, el chofer baldeando, y tu cartera, negra y sucia como siempre esperándote ahí. Fue un milagro.
Que el día haya empezado así de accidentado puede anunciar dos cosas, que de acá en adelante solo puede empeorar, y que la jornada va a estar signada por la desgracia, o que si el día empezó así de mal es porque indefectiblemente tiene que mejorar, y realmente lo va a hacer.
Ahí estás entonces, 25 minutos tarde, con Martín y Bernardo, tu banda, en la entrada de la estación Retiro, transpirada, despeinada y con todo el maquillaje corrido. Apenas pasaron las 12 del mediodía.

La última vez que tomaste un tren fue en el 2001, era una tarde de sol, tenías pegada una canción de Abba y estaba mamá.
Ahora el cielo está horrible y en el andén hay un grupo de punkies (punkies de los verdaderos, de esos que harían a un hooligan desdentado verse como el Teletubbie rojo) que ya los está mirando como si fueran unos maricas llevando portacosméticos con forma de instrumentos.
Los punkies, de perfil alto y con portación no solo de rostro sino de botellas de Fernet con cola, se suben al furgón; “Nada de asientos para nosotros”. Tu plan es subirte al vagón más alejado, ir sentada, en lo posible cerca de alguna familia numerosa, gente como uno, mirar por la ventanilla y no cruzarte con la turba.
Cuando te querés dar cuenta estás sola, tu banda se fugó con los punkies.
Reprochándote ser la amarga que nunca se anima a nada y que se porta como si fuera la gatita blanca y malcriada de Los Aristogatos, disimulás tus prejuicios y te vas con ellos, para que no se rían más de vos acusándote de burguesa. Vas a mostrarles que vos también sos rockera.
De repente estás viajando en un vagón de carga hacia el lejano noroeste, sentada en el piso, rodeada de punkies de los posta que van a los gritos y escupitajos, fumando porro y tomando Fernando.
A los lados ves pasar villas, ves un arroyo musgoso por el que navegan unos chicos en balsas de telgopor, ves todo tipo de animales de corral. Ahí primero te felicitás por haberte alejado tanto del mandato familiar y estar haciendo eso, qué diría mamá si supiera… Hasta que se sube un cana a calmar a los punkies y pensaste que la mera proximidad a los hooligans del conurbano era suficiente como para que el oficial te considere infractora de la ley, y te imaginaste entre rejas por averiguación de antecedentes, ¿quién te mandó a meterte ahí? ¿Qué diría mamá si supiera?
Ahí el entusiasmo por la transgresión se esfuma enseguida dejando paso a tu verdadera yo, la más burguesa, que ya se quiere volver y repite aterrada: “We’re not in Kansas anymore”.

Cuando llegan, lo que iba a ser un parque resulta ser una extensión de pasto muerto, cubierta de botellas de gaseosa vacías en la parte de atrás de una casa deshabitada. Hay punkies con olor a pis vendiendo fanzines con información anarquista de fuente dudosa o preparando sánguches de higiene dudosa, y chicas peladas de 17 años usando remeras con la leyenda “Abajo las cárceles”.
Sos la única de la banda que no piensa probar uno de esos inmundos bocados veganos. El día definitivamente está empeorando. Querés chasquear los zapatos y volver a casa. “Mamá”.
Te sentás a mirar el espectáculo en unas hamacas, con Martín engullendo una hamburguesa de zanahoria, como cuando eran buenos amigos. De repente es como si todo ese tiempo y esas peleas no hubiesen pasado, y volvés a querer compartir tus cosas con él, que desde el principio fue la tercera pata de la historia. Le contás de la charla, le contás que se mudó, y ya lo sabe, a él también lo buscó esa semana después de meses para hacer las paces que todavía se debían.

- Creí que nunca lo ibas a perdonar - le decís
- ¿Cómo puedo no perdonarlo?

Eso, ¿cómo podés no perdonarlo?
Evidentemente se acordó de los dos, o empezó un proceso de redención, o a él también le llegó la nostalgia. Y ahí se quedaron un rato, hamacándose y hablando de Él, como en las épocas de tomar el té después del trabajo y escuchar a Estela Raval.
Y Martín, una de las personas con más patologías mentales que conociste en tu vida, te dice;

- Claro que está loco, todos van a estarlo, la idea es encontrar a alguien cuya locura sea compatible con la tuya.

El problema es cuando su locura justamente radica en no ser compatible con nada.

En ese lugar te sentís como esos días en los que todavía te faltan seis horas para llegar a tu casa y ya olés a pizza de fugazzeta y jugo de limón rancio. Sí, está bien, lo reconocés, sos la gata blanca que usaba collar de diamantes en Los Aristogatos. Y en momentos de adversidad como este querés algo que te haga sentir en casa, ya no a mamá, sino a Él, el lugar donde todo son arco iris, dulces y cachorritos, y con quien nunca podrías sentirte olor a fugazzeta y jugo viejo.
Te gustaría haberte ido cuando querías, dejar el lugar cuando todavía no te habías alunado, y volver a casa antes de que el día empeore aún más, llegar temprano y acostarte. Si hoy no va a venir nadie a rescatarte al menos rescatarte vos. Pero la gatita blanca no sabe viajar en tren, y definitivamente no se anima a caminar tres cuadras en Derqui sola. Así que te sentás en las hamacas, esperando a que se terminen las hamburguesas de zanahoria y los demás también se dignen a volver.

Después de casi dos horas de bufadas y ceño fruncido, lograste levantar el campamento. Van caminando por entre las tinieblas de Derqui mientras pierden el tren de las nueve a manos del yeso en el pie de Martín.
El andén está lleno de gente, familias, globos, mielcitas y pochoclo, como si no fuese tan tarde y no estuvieras en medio de la nada. Y no podés creer que seguís ahí, contra tu voluntad, ya podrías haber tomado decenas de trenes, pero por alguna razón estás en este.

El viaje hasta Buenos Aires tarda una hora y cuarto, mientras mirás por la ventanilla en silencio vas pensando que fue un día duro, no solo por la expedición al noroeste bonaerense, sino porque hace tiempo que no pensabas tanto en él, que no lo extrañabas tanto, que no deseabas tanto que estuviera ahí con vos para hacerte la estadía más liviana, o al menos para tener alguien con quien reírse de los demás, y a quien no le importe ponerse en ridículo si sabe que con eso te va a causar gracia. Derqui ya se terminó, pero eso sigue ahí, y Peter Gabriel ya no parece una completa locura.

Cuando llegan podés tomarte el 115 de vuelta, llegar rápido a casa, ponerte de una buena vez el pijama y terminar con todo antes de que siga empeorando, pero preferís hacer el camino más largo e irte con Martín, un poco para no quedarte sola con tu collar de diamantes en Retiro, pero sobre todo para seguir siendo amigos un rato más.
Se suben al subte C, que pase lo que pase, viva donde viva, siempre te recuerda a Él. Y lamentablemente eso te gusta, sentís como si lo tuvieras cerca, como si estuviera ahí.
Por fin te dejás caer, aliviada y exhausta sobre el asiento de felpa sucia. Se terminó el día, se terminó la odisea. Martín te mira con una sonrisa y te dice:

- A que no sabés quién está parado atrás tuyo.

Sí, sabés. Tus rodillas ceden pero hacés la proeza de darte vuelta.
Es Él, igual que siempre, igual de lindo, volviendo de ensayar con sus cosas, golpeándoles la ventanilla desde afuera del vagón. Martín intenta levantar el vidrio, llega a saludarlo y el subte arranca.
No, no, no, no, ¡no! Te golpeás la cabeza contra las paredes pegajosas del C; no estabas lista para eso, ¡estás vestida de domingo! Te volteás hacia una vegana de 18 años que estaba sentada al lado de ustedes desde la estación Derqui y le preguntás:

– Decime, ¿estoy muy fea? ¿Está separado mi flequillo? ¿Me veo muy mal a través del vidrio?

La pobre piba no entendía nada, para empezar no entendía ni por qué le estabas hablando. Con mirada suplicante le decís:

- Ese que acaba de pasar por ahí es el amor de mi vida, quiero saber si estoy bien.

Y la vegana ahí supo, de mujer a mujer, que sólo podía darte una respuesta.

¿Cuáles eran las probabilidades de encontrártelo en la estación Retiro un domingo a la noche en una ciudad de tres millones de habitantes? Cosas como esta te hacen creer seriamente que estás viviendo una película, estas cosas no pasan en la vida real, estas cosas pasan en el cine, en los libros, y ahí la magia de la cadena causal se convierte en señal. En la vida real no existen las metáforas.
Te cuesta creer que esto no haya estado armado, por alguien, que poco importe que hicieran falta un viaje a Derqui, la pérdida de objetos personales, de trenes, yesos, combinaciones con subtes y hamburguesas de zanahoria para que se encuentren. Y que se encuentren.

Esa noche se mandaron mensajes hasta que te quedaste dormida, y por un rato fue como antes, por un rato volvió a ser tu profesor ciruela, y vos su joven Padawan.

Si fuera una película esto significaría que van a terminar juntos, o que va a llegar corriendo a decirte que te ama en medio de una cancha de béisbol, pero es la vida real, el lugar donde las cosas sí pasan porque sí, y acá probablemente solo significa que un profesor de música que vive a 20 kilómetros del Obelisco, en quien no podés dejar de pensar, y una chica que nunca había pisado la estación Retiro se encontraron un domingo a la noche en un vagón del subte C.