25 de octubre de 2007

La Fe


Después de haber logrado el autocontrol suficiente como para decidir no hablarle más, de negarte a saber nada de él, de plantarte frente a toda esa estructura y desafiarla ofreciendo tu indiferencia, la abstinencia te alcanzó.
Teniendo en cuenta que todos los sujetos con los que intentás inútilmente olvidarlo son cada vez menos considerables, su figura, en comparación, no deja de representar el arquetipo de la semi perfección. La prueba de que hay bien en el mundo. El argumento más fuerte a favor del idealismo y la esperanza. La razón por la cual todavía no desististe de los hombres.
Lamentablemente semejante admiración es unilateral, por lo cual se ha hecho de suma inutilidad el seguir fomentándola. Así, en el afán de no pensar más en él, lográs enamorarte de cualquier idiota en míseras milésimas de segundos. Y por un momento creés que estás frente a algo trascendental, y hasta llegás al punto de condecorar al idiota con no pocas horas de abatimiento y melancolía. Y cuando te das cuenta de que estás escuchando a Elton John por alguien a quien calificás de idita, decidís que es momento de poner las cosas en contexto.
Entonces cada vez que un chico te produce una desilusión o significa un problema, cuando descreés de todo, cuando te volvés una completa escéptica, el instinto es volver a casa, comprar la bolsa de chizitos más grande que puedas conseguir, y desbloquear a Mr Grey. Y todas las peripecias que estabas viviendo de repente adquieren otra perspectiva. Todos esos chicos que oficiaban de distracción se convierten en hormigas vistas desde tan lejos. Porque nadie es capaz de perpetrar la clase de dolor de la que él sería capaz. Afortunadamente, porque de esa manera nadie real va a poder romper tu corazón completamente, dado que siempre va a estar esperando a ser roto por alguien más.
Has elaborado una sofisticada estrategia: agarrarte a otros chicos para olvidarlo a él, pensar en él para no preocuparte por los demás chicos. Un clavo saca a otro clavo, y la pinza los saca a todos. A eso llamo yo un buen plan.
Y ya no importa si esa imagen idílica que se yergue sobre cada hombre que conocés es real o no. No importa si Jesucristo es real o no, lo que importa es que mantiene viva la fe. Y preferís aferrarte a un personaje bíblico antes que convertirte en una atea. Siempre que haya un señor gris en el mundo, la religión del amor contará con tu adhesión.
Mr Grey consiguió transformarse en tu remedio contra la desolación, contra el despecho, contra el descreimiento, contra la ansiedad y contra la vergüenza. Ahora solo te falta encontrar un remedio contra Mr Grey.

Una Teoría


Si uno pone atención en una conversación mixta común y corriente, sobre música, cine, literatura, historia o política, no tardará en notar que los comentarios mas entendidos, más analíticos y más eruditos, provienen de los participantes de género masculino. Las mujeres pueden saber muchas cosas, pueden de hecho tener visiones muy interesantes, pueden contar con una amplia cultura general, pero quienes retienen más cantidad de datos, y quienes siempre llevarán la delantera a la hora de discutir este tipo de temática, serán los hombres.
No hace falta más que hacer la simple prueba, o hacer una estadística casera entre las personas que conocemos: Aquellos de nuestros amigos que han leído cientos de libros, que recuerdan pasajes como si los hubiesen leído ayer, que escucharon más bandas musicales de las que su edad les permite, que pueden analizar una canción como si fueran George Martin aún nunca habiendo estudiado música, que siempre saben quien es Nikita Khrushchev, y que tocan 4 instrumentos, ¿cuántos de ellos son mujeres?, ¿hay acaso alguna?, ¿por qué de toda la gente que conocemos, los más eruditos siempre son hombres?. Las teorías más facilistas dirían que las mujeres son más tontas, que no les interesan esas cosas, que prefieren dedicar su tiempo a banalidades que se relacionen con su estética, o que prefieren retos intelectuales de menor índole. Y la primera reacción sería envidiar a los hombres, querer ser como ellos, tan cultos, tan ilustrados, subestimar las capacidades femeninas para convertirlos en dioses intelectuales.
Aún no contenta, ni identificada con esta respuesta, decido embarcarme en la búsqueda de una solución más científica y psicológica a esta evidente diferencia cultural.
Para poder comenzar a explicar esto, deberíamos remontarnos a la época de los homínidos, y comprender la condición de animal y todos los comportamientos instintivos que el humano sigue llevando a cuestas. Se entiende que si la idea era reproducirse a la máxima escala posible (venciendo así la selección natural), necesitábamos de muchas hembras, no tantos machos sin embargo, porque, como se da en cualquier establecimiento ganadero donde los criadores tienen muchas vacas y un solo semental para inseminarlas a todas, un solo hombre podría fecundar a muchas hembras, y esa es su tarea. Claro que para cumplir dichas funciones, especialmente diseñadas para mantener viva y creciente a la raza humana, es menester una construcción específica para cada una de las partes involucradas. La hembras entonces, deben estar constituidas de forma que se contenten con un solo macho (dado que no necesitan más que eso, y además, debe considerarse que serán ellas quienes durante los 9 meses de gestación, y los inmediatos años subsecuentes, deben poner plena atención a sus crías, o de otro modo éstas perecerían y la humanidad se vería rápidamente en peligro de extinción). Si las hembras acaso pusieran el énfasis en buscar más machos, o pasatiempos, estarían descuidando a sus crías. La promiscuidad femenina entonces, no tiene lugar en la teoría de la evolución.
Los machos, por otro lado, en el orden de cumplir su función, deben estar preparados para poder preñar a varias hembras a la vez, pues ellos no deben esperar 9 meses para poder volver a engendrar otro descendiente, y en lo que respecta a la naturaleza, posibilidad es igual a obligación, pues nada está librado al azar. De modo que sería muy contraproducente para la supervivencia del género humano que los hombres generaran lazos afectivos lo suficientemente fuertes con una hembra como para decidir no reproducirse con otras. Por lo tanto, el hombre debe estar diseñado para el desapego. Bien, ahora que entendemos que nuestro comportamiento responde a una condición genética y hormonal de la que por más evolucionados como sociedad que estemos, no podemos escapar, podemos continuar. Este instinto de reproducción tan inherente a cualquier ser vivo, será entonces, algunas veces a nuestro pesar, quien rija muchas de nuestras acciones, decisiones, y sistema de valores. Y es este último tal vez, el que más se relacione con las preguntas formuladas en un principio. Parece haber evidencia suficiente como para atrevernos a afirmar que la prioridad de la mujer, de forma casi exclusiva, es el hombre. Éste es el elemento más importante dentro del plano de su existencia, y cuando decimos hombre, nos referimos a todo lo que él conlleva; vínculo afectivo, compromiso emocional, amor, sexo, reproducción. La prioridad del hombre por otro lado, parece no centrarse tanto en la mujer, si no que se va más dividida, y por ende, debilitada. No es que la mujer no sea el elemento principal de su existencia, pero decididamente no es el único, y su relación con el sexo opuesto es notoriamente menos comprometida y más descontracturada que la femenina.
Traigamos esta teoría a la vida cotidiana. Mientras los hombres pueden dedicarse con todo su entusiasmo a leer un interesante libro, o a aprender a tocar un instrumento, la mujer tendrá también la posibilidad de elegir a qué dedicar tan preciadas horas. Y es acá cuando el sistema de valores femenino emerge, la mujer dedica la mayor cantidad de su tiempo a pensar en hombres, hablar de hombres y relacionarse con hombres. No es que no sean capaces de leer o de tocar un instrumento, es simplemente que su atención a temas que no se relacionen directamente con el género masculino, es más esquiva. A una mujer le cuesta mucho más concentrarse al momento de estudiar, o de ver una película, pues ella siempre está pensando en algo más. Mientras el hombre es capáz de poner la mente en blanco y enfocar su atención en la tarea que está llevando a cabo, la mujer siempre encuentra la distracción más fácil, por lo cual, sus logros intelectuales o de destreza son doblemente meritorios, pues ella ha hecho el doble de esfuerzo. Pongamos un ejemplo: Una mujer va sentada en el colectivo, enfrenta un viaje de más de una hora frente a una ventanilla empañada, ¿Qué hace entonces?, piensa en un hombre. ¿Qué haría un hombre?, se aburriría y sacaría un libro, o cualquier cosa para entretenerse. La mujer también podría leer, pero es más divertido pensar en un hombre.A todo esto entonces, ¿Por qué ellos tienen más hambre de culturización?, ¿por qué esa necesidad de poner entre sus prioridades la participación artística y cultural?, y tal vez acá volvamos al principio. El hombre busca de manera desesperada el sentido de la vida, la explicación de la existencia, la explica desde la ciencia, desde la historia, la justifica desde el arte. No es casual, si nos guiamos por esta línea de pensamiento, que quienes más experimentan con las drogas filosóficas que ayudan a expandir la conciencia y alcanzar nuevos niveles de percepción que lleven a comprender la propia existencia y a aceptar la propia transitoriedad, sean los hombres. Mientras tanto, la relación de la mujer con la cultura es más hedonista, no busca en ella una respuesta, la mujer entendió desde un principio cual es el verdadero significado de la vida, este para ella es el amor. En ese caso, los hombres que entiendan esto serán los que realmente alcancen nuevos niveles de percepción que lleven a comprender la propia existencia y a aceptar la propia transitoriedad.
Hemos llegado a la conclusión entonces, de que lo que sea que hagamos, ya sea comprar el Stick in Bulb, aquel que venden por la tele y que dan dos por el precio de uno, o coser las papas de las medias, todo lo hacemos por los hombres, pero acaso la razón que los lleva a ellos a comprar el Stick in Bulb... ¿será mas noble?