20 de enero de 2007

Pelusas Viejas Y Un Botón


Cuando estás decidida a que querés que te guste un chico nuevo, apremiada por el aburrimiento empezás a bajar los estándares, a disminuir las exigencias, a ser más permisiva, a ser más tolerante, más abierta, más flexible, más liberal, a intentar enamorarte de lo que sea que se cruce en tu camino, bah. Como a simple vista parece no haber nada de tu interés, buscás candidatos potables en agendas viejas, hacés un relevo de amigos, de listas de mails, de fotos de la primaria, de hermanos de tus amigas, de amigos de tu hermano. Considerás a esos chicos que sabés que te dan, y que nunca se te hubiera ocurrido decirles que sí. Cualquier cosa suma a esta altura. Pero después de revolver en tu cerebro durante horas, te encontrás con que solo lograste reunir un puñado de pelusas viejas y un botón. Tampoco es cuestión de hacer caridad, de salir en un estado que linda con la tortura, donde para llegar a verlo tenés que arrastrarte por la calle resistiéndote a seguir, como si te estuvieran guiando al matadero, solo para ver si logra gustarte, para ver si lográs vencer el rechazo que tenés desde un principio y conseguís que sea soportable tenerlo alrededor. Y si no te vas a hacer cargo, si no lo vas a premiar por haberte invitado a salir, mejor que ni salgas, pobre chico. Pasás por bares llenos de sillones, y velas, y chicas con sus vestiditos en sus primeras citas, y ni siquiera podés envidiarlas, porque no tenés un rostro con el cual construir tu fantasía. Te vas a comprar ropa sin ningún tipo de criterio en particular, porque no sabés con quien combinarla. No sabés en quien pensar cuando te mirás al espejo buscando aprobación. No sabés a quien querés gustarle con esa ropa…a nadie. Entonces no la llevo. Tampoco hacés gimnasia, porque entre el 1 y 2 y arriba y abajo ya no aparece ningún rostro motivador, de toda la gente que pueda notar que tu culo toma la forma de cualquier recipiente que lo contenga, nadie te interesa, y te encontrás pensando en alguien con quien cortaste hace tres años, solo porque la última vez que lo viste los anteojos le quedaban lindos. Sacudís violentamente la cabeza tratando de salir de ese peligroso y ridículo trance. No estás acostumbrada a no tener nadie a quien usar de parámetro frente a otros hombres, nadie a quien analizar y darle vueltas, nadie sobre quien hablar sola cuando tenés que caminar 15 cuadras sin compañía, nadie en quien pensar cuando cantás “All I Want for Christmas is You”. Al menos cuando te gusta alguno, aunque sea alguno, por más que estés sola en el cine aprovechando los cupones del día de los enamorados que salieron en la revista del cable para ver Realmente Amor, siempre vas a mantener una esperanza. Pero si no te gusta nadie, los cupones de descuento podrían extenderse indefinidamente. Volvés a hacer tu inventario de hombres, aterrada por esa perspectiva. Porque aunque tengas que armarte un galán donde no lo hay, necesitás una zanahoria para hacer caminar a tu burro.

10 de enero de 2007

Otra Vez Morrissey


La cerveza ya empieza a saber a orín en la fiesta de la gente pop, uno de esos lugares en los que Buenos Aires vuelve a ser un pueblo chico, cuando ves entrar a tu talón de Aquiles, a quien nunca podrías resistirte, y que si volvieras a tener 16 años, sacarías tu empapelado de Ben Affleck para remplazarlo por uno suyo. El chico con el que estuviste alguna vez, y aún hoy te pellizcás al recordarlo.
Después de tanto tiempo ya te resignaste a no buscarlo más, en tu mundo ya no existe, porque si aún existiera no sabrías como hacer para mirar a otros. Dejás que por una vez él te salude a vos. Pero nunca podría sorprenderte, y no te saluda. Se queda escondido atrás de una columna mientras vos volvés a desterrarlo de tu mundo.
Como no tenés nada que perder y la ferviente creencia de que es un idiota te llena de ira, y te hace perder cualquier inhibición frente a él, le mandás un mensaje de texto diciéndole que no sea cagón, que la próxima vez te salude. Y después apagás el celular, porque no estás preparada para recibir la respuesta.

Después de dormir mal un par de horas temiendo encontrarte con algo que preferirías ignorar, juntás coraje y te decidís a averiguar si contestó. Tus esperanzas no son altas. Hace casi un año que no marcás su teléfono, podría haberlo cambiado, haberlo perdido, podría no tener crédito y podría no querer responderte. Podría haberte borrado de su lista y no saber quién carajo es 01157649543 y por qué le pide que lo salude.
Te respondió. Que no seas cagona, que la próxima vez lo saludes. Evidentemente no entiende nada. Esto te pasa por juntarte con nenes, es como hablarle a la pared.

Pasan un par de días antes de que el pez gordo finalmente pique al anzuelo. Te bombardea con excusas por MSN aunque ninguna de ellas se parece a una disculpa. Quiere tirarte el fardo a vos, y quiere tantear el terreno, a ver si seguís igual de obsequiada que antes. Sí, seguís. Tanto lo retás que te termina amenazando con encajarte un beso la próxima vez que te vea. Le tomás la palabra, sabiendo que es un mentiroso que nunca cumple con sus propios ultimátums.

Buenos Aires vuelve a ser un pueblo chico, y esa conexión inexplicable que no los mantiene unidos pero que aún así se empeña en juntarlos, hace que tres días después
te lo encuentres en el mismo festival. Otra vez rodeados de gente con remeras de Morrissey. La historia es cíclica y esta situación ya se vuelve tradición. Un año después están en el mismo lugar, eso sí, vos siempre vas sola.
Te pasa por al lado, te dice “Hola”, y sigue de largo. Sin beso, sin nada. Es hablarle a la pared. O lo amás como es, o lo detestás como es. Y lo detestás como es. Pero nunca esperás nada de él, así que nunca tenés nada para perder.
La debilidad de él te hace sentir cada vez más fuerte y le mandás otro mensaje. “Al final no te animaste”. Dos segundos después, el ringtone de La Historia sin Fin te pone la piel de gallina. Te contestó; ”¿Y si voy ahora?”.
Mierda, ¡la única noche en la que ya tenés planes! Parece que solo reaccionan cuando les tocás el ego. Pensás y consultás la respuesta como si estuvieras por escribir una plataforma política, buscás las palabras más ambiguas para no quedar comprometida frente a alguien que muy probablemente vaya a volver a faltar a su palabra. “Me voy a la fiesta de la gente pop, sabés dónde encontrarme”. Y te vas. Qué perdida de energía, no lo vas a ver nunca más.

En medio de la escalofriante tormenta eléctrica llegás a la fiesta, empapada. La lluvia te da miedo y ni siquiera tenés alguien que te abrace. Mierda otra vez.
Tus amigos parecen los únicos en notar que tu chico no apareció. “¿Qué?, ¿quién? Déjenme escuchar a Bowie, es un mentiroso, ¡qué va a venir!”.
Cuando ya sacás tu dedo acusador y te preparás para cantarles las cuarenta y pudrirlos toda la noche con historias de cómo siempre te deja pagando como una idiota, lo ves entrar. ¿Qué?, ¿quién? Por primera vez en la vida te sorprendió. Por primera vez hizo más de lo que esperabas de él, por primera vez su interés fue suficiente como para sacarlo de la casa y traerlo acá, a pesar de la tormenta, y los rayos, y la inundación.

Si hubieses sabido que esto iba en serio te hubieses pasado un peine, o te hubieras lavado los ojos que te pintaste a las cuatro de la tarde y que ya parecen los de un mapache pasado de tranquilizantes. Pero bueno. Vas a saludarlo y a hacerle cumplir su palabra.

Te lo besás con todas tus canciones favoritas de fondo y una tras otra te llevan a agarrarlo de la remera y arrastrarlo pensando en que con ésa TENÉS que chapar. "Attomic", "Babies", "Last Nite", "Disco 2000". Por fin no las escuchás haciendo cola en el baño de mujeres.
Fue una suerte haber llevado a tus amigos, así por fin te ven transando y se terminan todas esas especulaciones sobre que sos lesbiana, que sos célibe, o que nunca besaste a un hombre de carne y hueso.
Y mientras estás con él pensás muchas cosas. Pensás que no besa tan bien, pensás en otro chico y pensás en que dejaste la ventana de tu pieza abierta y se te va a mojar la frazada. Pensás demasiadas cosas cuando se supone que no deberías estar pensando en nada.
Dan las siete, es hora de despedirse, y es lindo saber que por fin los dos piensan lo mismo. Ni un “hablamos”, ni un “nos vemos”. Nada. En medio de un tema de Pulp le encajaste un beso y te fuiste.

Esta vez la tostada cayó para arriba, no sabés qué es lo que los une, pero a veces parece ser más fuerte que la mala suerte. Fue una buena idea mandar ese mensaje, y fue una buena idea que por primera vez en la vida la tormenta no te impidiera salir. Entonces tu
buen humor te alcanzó para irte a casa caminando bajo la lluvia, con el paraguas roto, sintiendo como aún te picaba su barba y te dolía la boca.

2 de enero de 2007

Cualquiera Puede Tocar La Guitarra


Si uno construye el concepto de verosimilitud basado en lo que absorbió durante toda su vida, llega un momento en el que por más reconfortante, alentador y romántico que suene, deja de ser creíble que en todas las novelas, en todas las películas, la heroína SIEMPRE sea correspondida. Seguís la trama solo hasta que empieza el tercer acto. No querés enterarte de que el millonario ama a la prostituta, o de que el viudo ama a la niñera, o de que el fantasma ama a la ceramista. Nunca les dicen que no, nunca las ignoran, entonces vos te sentís como si fueras la única idiota a la que a pesar de haberse ofrecido, le dicen “No, gracias, paso”. Sos muy viable para ser una amiga, no hay opiniones en contra de eso. Le encanta hablar con vos, se caga de risa, sos re copada. Pero no. No te da. Le da a Keith Richards cuando era joven, pero a vos no. Dios no lo permita. ¿Para qué indagar? Mejor no pensar en Keith Richards. Realmente hay que esforzarse para tirártele un lance a un pibe y que te diga que no, no es algo que cualquiera pueda lograr. Se requiere de una habilidad y un talento especiales. Y te volvés loca tratando de entender qué es lo que no le gusta de vos. Obsesivamente (de hecho solo te falta hacer un cuadro comparativo) te ponés al lado de las chicas con las que salió. Si son más lindas te deprimís, porque a diferencia de ellas lo único que rellena tus pantalones son algunas monedas de cinco centavos y las llaves. Y si son más feas, te deprime aún más saber que hasta ellas le resultaban más atractivas que vos. No entendés a la gente que esconde sus sentimientos para preservar una linda amistad. La amistad no es linda. Y entonces la arruinás. Terminás cortando con alguien con quien nunca saliste. Y cuando te querés dar cuenta, lo estás consolando mientras se lamenta porque no va a tenerte más para charlar. Quiere todo, quiere no salir con vos, pero también quiere seguir teniéndote ahí, cerca, para disfrutar de tu compañía, de tu humor, de las charlas de música. Eso si, sin darte. Pero cuando le decís que "no" a alguien, perdés el derecho a toda petición. De todos modos, para ser honesta con vos misma, esto no se termina hasta que se termina. Te habrá dicho que no ahora, pero la única manera que tenés para sobrellevarlo sin tentarte a quedarte en casa todo el día comiendo chizitos y dejándote crecer los pelos, es creer que su opinión puede cambiar, o peor aún, que vos podés tener alguna influencia en eso. Pensabas que ibas a parar cuando te dijera que no, porque reconozcámoslo, ya te lo esperabas, el buen día se ve de la mañana. Pero no importa cuantas veces un chico se te niegue, solo vas a dejar de fantasear con él cuando dejes de desearlo por voluntad propia, no porque alguien (incluyéndolo a él) te lo haya dicho. Entonces te queda buscar consuelo en el hecho de que no te aman como a la ceramista, pero al menos sos capaz de sobrevivir un “no”. Muchos “no”. Evitar pensar en el tema, evitar pensar en lo que te estás perdiendo, convencerte de que no debe ser irremplazable y repetirte una y otra vez; “Cualquiera puede tocar la guitarra”.

22 de noviembre de 2006

El Último


Tal vez sea que ves muchos musicales, y que estás acostumbrada a que se necesitan bombos, platillos, y muchos bailarines homosexuales para que todo termine, o comience. Cualquier manifestación más sobria no logra capturar tu atención.
Durante años tus amigas te dijeron que tus pretensiones eran muy complicadas y poco realizables, pero vos estabas convencida de que lo que buscabas era justo, de que era eso lo que querías, que tenía que existir en algún lado, y que no te ibas a conformar con cualquier otra cosa.
Por mantener firmes tus principios es que pasaste todos los sábados de tu adolescencia yendo a comer a Coto con tus viejos, o jugando a la peluquería con tu hermano. Pero siempre que uno decide mantener sus principios sabe que no le va a ir bien. Y pasaron los años, y pasó la adolescencia, y tu idealismo dejó de ser dulce para convertirse en patético. Es así como con papel picado, brillos, fuegos artificiales y orquesta, descubriste que era Él. Es tan perfecto para vos que dejás de pensar en él como un hombre. Hasta pasa tu neurótico test para descifrar si un chico te gusta o no. El de imaginarte con él en una situación insalvable, como yendo de pic-nic, dándose papas fritas en la boca un sábado a la noche bajo la luz de tubo en un Burguer King, o que te venga a buscar en traje. Si la situación te parece tan ridícula que te reís, es porque el chico te gusta tanto como para no sentir vergüenza de él. Te sacudís el desgano y rechazás candidatos, confiada en que ya elegiste bien. Entre pájaro en mano y 100 volando, siempre elegís 100 volando, aunque después con esas manos de manteca no atrapes nada.
Cuando tenés estos arrebatos generalmente te duran unas 48 horas, así que el hecho de haber mantenido tu decisión por tres días es un verdadero logro. Empezás a soñar con él todos los días, y ya se te convirtió en rutina el hecho de despertarte y entender la realidad. Creés que ya lo tenés todo resuelto, y de repente te topás con el hecho de que fue un invento de tu desesperado cerebro, y de que en 20 minutos tenés que estar estrujándote contra las puertas del subte E.
Te enteraste donde vive y ya empezaste a imaginarte yendo a trabajar desde ahí. Pasás en colectivo y apoyando románticamente la cabeza contra la ventana admirás tu nuevo barrio. Creés que ya sabés cómo tienen que ser las cosas. Con lo cual no tiene sentido seguir haciendo tiempo, sentís que estás perdiendo el tiempo en reuniones que no llevan a ningún lado cuando podrías estar con él. Y tenés que encararlo antes de que te guste tanto que ya no puedas hacerlo. No aguantás las ganas de ir y tocarle el timbre para avisarle que no se caliente, que ya está, que sos vos, que son dos chicos con onda, y los chicos con onda tienen que estar juntos. Aunque a veces cuesta hacerlo entender, y para que el otro no se espante tenés que ocultar tu descubrimiento. Toda esa paciencia que te da la apatía, desaparece en el momento en el que te sentís otra vez de 13 años y te encontrás repitiendo su nombre. De repente todos esos chicos que te dejaron o que siempre te ignoraron, parecen tener una razón de ser, es ahora cuando tantos “¿Por qué?” tienen su respuesta. Siempre fuiste demasiado dramática como para que tus problemas se resuelvan al principio. Ya hiciste tu tarea soportando hombres inútiles y tratando de entenderlos, y hablando mal de ellos, y haciendo chistes de ellos, ya aprendiste todo lo que podías haber aprendido, ya estás lista. Y parece que tu cinismo, los monólogos, el comediante, todos se van a tomar unas vacaciones, por fin vas a dejar de escribir gansadas, vas a archivar tu diario y cerrar tu Fotolog. Porque, al menos por un rato, los hombres dejaron de ser un problema para convertirse en una solución. Y como cuando comías Sugus y dejabas tu gusto favorito para lo último, sabés que lo vas a disfrutar más que nunca.

29 de agosto de 2006

El Mayo De Ringo



Recién empezaste en una nueva facultad, y te invitan al primer evento social del año, la oportunidad de conocer más a fondo a tus nuevos compañeritos. Si vas a estar viendo las mismas caras durante los próximos cuatro años, va a ser mejor que vayas haciendo buenas migas y que te busques un motivo para ir a estudiar todos los días, que por amor al arte no es.
Salís de tu casa con la mente abierta y predispuesta. Al menos vas a darle el beneficio de la charla a quien sea que se te cruce, lo bueno es que si te tienen que ver todos los días no te van a venir con baratijas del tipo “Qué lindos ojos que tenés”, “¿Venís siempre acá?” o “Te pareces a Marky Ramone”. Es el ambiente ideal para conocer a alguien creíble.
Entrás a la fiesta, y por supuesto hay tres gatos locos, porque claro, vos no estás en la pomada, y siempre llegás a la hora que dice en la tarjetita. Por el lado positivo, estás obligada a sociabilizar con los otros ancianos que también llegaron temprano, y que en definitiva, son la gente más interesante de la fiesta.

En una mesa al fondo, ves sentado a uno de tus compañeros, uno medio feúcho, pero que después de todo cumplía con el requisito de ser alguien interesante con quien charlar.
Te sentás al lado de él aferrándote a tu promesa de no ser selectiva, cerrada y prejuiciosa esta noche.
Empezás hablando del clima y de cómo aumentó el pescado, y terminás hablando de Fidel Castro, de rock sinfónico, de cine gore y de Ringo Starr. Hablás y seguís hablando hasta que el lugar ya está lleno de gente, pero nadie se acerca.

No será un galán, pero sabe de todo, y tiene tu gusto, y a medida que hablás no podes creer que estén tan de acuerdo. En general cuando los pibes te hablan vos solo asentís y te rascás el culo cuando no miran, pero a este realmente no podés dejar de escucharlo.
Tal vez el hecho de que sea tan simplón no te deja otra opción que prestarle atención. Pero no es eso. Se la ganó. Y en tu especuladora mente te alegra un poco saber que no es lindo, porque estás convencida de que sí o sí te va a dar bola. Te ganó.
Mientras habla pensás en esas películas en las que los protagonistas hablan durante horas, y hablan de todo, y no hay silencios, y cuando los hay no son incómodos, y que para cuando la charla termina ya saben que se tienen que ir juntos.

No notás a la multitud ni a la música de Erasure hasta que tu nuevo galán sugiere ir a sentarse a otra parte, sin tanta gente. ¿Qué? Esto es demasiado fácil, no puede ser, tiene que haber algún truco, los hilos tienen que estar por alguna parte. Y de hecho lo están.
Se sentó en un sillón separado de otro por una mesa. Y como en los libros de “Elige Tu Propia Aventura”, algunas decisiones estúpidas terminan teniendo grandes repercusiones. Ahora la responsabilidad cae en vos, te sentás de su lado y te incinerás, o te sentás enfrente y empieza una bonita amistad. Si te sentás al lado, tus intenciones van a ser obvias, vas a estar aceptando que querés algo con él, va a ser la conquista mas fácil y rápida de toda tu vida, no esperabas nada y te llevás todo. Pero como las decisiones no son tu fuerte, te sentás enfrente.

Al día siguiente te despierta tu estomago revuelto, no sabés si es porque el chico te gusta o porque la cerveza te cayó mal, pero no podés dejar de darle vueltas a la noche anterior. Todavía no sabés qué es lo que querés que pase, tampoco sabés si no te importa que sea feo, y pasás todo el domingo tratando de apurar la decisión porque estás segura de que cuando lo vuelvas a ver la definición va a ser inminente y no va a haber tiempo para dudar. Te rompés la cabeza, y después de considerar todos los escenarios posibles, te decidís. Te gusta.

Cuando termina la clase se acerca para saludarte, y toda tu vida pasa frente a tus ojos, no te arrepentís de haberte sentado al lado de él por más que fuese feo, y no dejás de alegrarte por haber llegado a la fiesta tan temprano.
Pero volvés al mundo real en tiempo récord cuando descubrís que la única razón por la cual te busca es porque te quedaste debiéndole 2 pesos. Y mientras sin despedirse se sube corriendo al 126, te vas con un problema que nunca buscaste, sin saber qué fue lo que quería de vos la otra noche, y qué hubiese pasado si te sentabas al otro lado de la mesa. Pero de una cosa estás segura, y es que a la próxima fiesta, llegás tarde.

7 de junio de 2006

(Por Eso Y Muchas Cosas Más)...Ven A Mi Casa Esta Navidad


Las primeras citas siempre son memorables, ya sea porque fueron buenas, porque fueron excepcionalmente malas, o porque fueron completamente ridículas. De todos modos, a esta altura, y teniendo en cuenta la predisposición a juntarte con gente bizarra que acunaste desde que descubriste que la gente verosímil te aburre, no pedís mucho más de un chico en la primera cita aparte de que no saque una planta de su cartera y que no orine en los árboles. Pero Dios siempre te tiene preparada alguna broma, porque le gusta reírse de vos, y no con vos, así que te envía una cita digna de ser contada frente a una pared de ladrillos y sosteniendo un vaso de whisky.
Un chico, que te gusta lo suficiente como para haberte tomado dos colectivos para encontrarte con él, te lleva a dar una vuelta por su barrio; no sabés a dónde te está conduciendo, y preferís no preguntarlo, dejarlo como una sorpresa. En medio de la caminata se para frente a un jardín en el que hay una familia entera tomando mate y comiendo facturas. Rogás y rezás que no sea ese el destino del viaje, esperás que siga caminando, pero está detenido y agitando la mano al feliz grito de “¡Hola Abue!”. Dos padres, tres hermanos, una abuela, dos tíos, dos primos, una cuñada, un bebé, un vecino y dos cachorritos. Enfilás para la casa y te atrincherás ahí, no vaya a ser cosa que alguien te arrime una reposera y pretenda que compartas una bola de fraile con toda esa prole.
Intentando ponerle un poco de clima a la situación, buscás desesperada algún disco de Tom Jones, o Barry White, o Marvin Gaye, o quien sea que haya dedicado su carrera a la música para hacer bebés. Pero apenas suena la ronca y lujuriosa voz del difunto Barry, los gritos de la madre enfurecida comienzan a reclamar que vuelva a sonar Luis Aguilé. Y es decepcionante ver como tu hombre de pelo en pecho es regañado por su madre.
Mientras montan una escena propia de una película de Fellini, parecen carecer totalmente de vergüenza, lo cual en este caso sería un don de valor incalculable. Ya bastante poco sensual estaba la cosa como para encima tener que pilotear a Luis Aguilé.
Se va al baño y te quedas ahí sola. Hasta que entra la nave nodriza y se pone a preparar la ensalada rusa. Por supuesto que no tenés absolutamente nada de que hablar con la mujer, así que la aguja del reloj avanza dos lugares y retrocede tres, mientras una gran bola de paja pasa por debajo de la mesa. ¿Qué hacés acá? Pensás seriamente en irte y ahorrarte la cena mas cualquiera y carente de sentido de tu vida. Las primeras citas siempre son incómodas, especialmente antes de que haya contactos del tercer tipo, y si sobre todo estás en medio de una reunión familiar, es difícil imaginar que de hecho vaya a ocurrir algo. Pero él vuelve, y ves cómo los calzones grises le sobresalen del pantalón caído y te olvidás de lo que estabas pensando. Así tengas que doblar las servilletas y escuchar a un tío disfrazado de Papá Noel hablando de cómo le daría a un travesti en caso de que este sea rubio, no te pensás mover de ahí hasta haberte hecho de un buen recuerdo.
Sentada en esa mesa, rodeada de familiares de un chico al que apenas conocés, sentís como si tuvieras sobre tu cabeza un gran cartel de neón que reza “Vagabunda, bzz, bzz, vagabunda”. Todos saben que tus intenciones no son honorables, y saben que no vas a estar ahí por mucho tiempo. Pero a lo largo de la tarde le encontraste el lado pintoresco al cuadro, y si el chico no tiene pudor de haberte metido ahí, ciertamente no hay motivo para que vos lo sientas por él. Cuando todos uno a uno se van a dormir, finalmente podés disfrutar de la velada más allá de la invaluable anécdota. Horas de charla a la luz del canal Volver y siete turrones después, finalmente toma coraje y te ofrece mostrarte su cuarto. Dejás a todo el reparto de Esperando La Carroza ahí afuera, a ver si esto valió la pena.

19 de mayo de 2006

La Nueva Ola


Mientras que cuando uno es chico este es el tipo de relación más común, y enfrentémoslo, realmente es la única que nos interesa y la única que podríamos llevar a cabo, cuando uno crece pierde la capacidad para sobrellevarlas. Si en la infancia supimos vivir romances unilaterales con una gama de seres que va desde compañeritos de segundo grado, hasta Harrison Ford y el pato Donald, es ahora cuando finalmente entendemos que a medida que pasan los años se hace cuesta arriba llevar una vida sana cuando tu novio imaginario es un fugitivo, o a un ave de corral.
El objeto puede ser alguien con el que alguna vez estuviste, alguien que tiene novia, alguien que no sabe y nunca va a saber lo que pensás de él, o alguien que está solo, desesperado, y fue informado en reiteradas ocasiones sobre tu voluntad de hacerle compañía, pero aun así no muestra interés alguno en vos.
Poco te importa si está dispuesto a ser parte de la relación o no, vos te encaminás en ella sola. Te arreglás todos los días como si fueras a verlo, a pesar de que la última vez que supiste de él fue en navidad, te comportás como si fueras a verlo esa noche, todas las noches, porque a pesar de que no estás clínicamente loca, y de que no es algo de lo que particularmente te enorgullezcas, en los momentos más hostiles, todavía te gusta jugar a que él es tu novio.
Y siempre comparás y descartás chicos en base a él, como si él fuera una opción, quedándote sin el pan y sin la torta, porque a veces un pan te busca, pero la torta siempre te ignora.
De tanto invertir tiempo en él, creaste todo un mundo a su alrededor, que tiene su escenario, su banda de sonido, su vestuario, sus diálogos y sus escenas para mayores de 18 años.
Pero cuando te querés dar cuenta, estás extrañando cosas que nunca pasaron. Añorando recuerdos ajenos. No podés disfrutar de esas tardes de domingo británicamente melancólicas. No podés ocuparlas con algo que no sea acordarte de cosas, sobre todo de cosas que nunca pasaron. Y mientras escuchás la New Wave reglamentaria que sigue a la resaca del sábado a la noche, la misma música de la noche anterior, pero con otra perspectiva, sin la gente, sin el alcohol, sin el olor a humo y bajo la luz del día. Ahora ya no suena igual, no es así como deberías escucharla. Se suponía que ibas a estar en los suburbios, y que iba a hacer calor, e iba a ser de tarde, e ibas a tener una campera con capucha y estampado de cebra, y olor a cerveza en la ropa.
Y vos sola creaste el mito de que los domingos deberían ser diferentes, o tal vez fue otra persona, tal vez lo recuerdos también eran de esa persona, ya no lo distinguís.
No vas a decidirte a que sería remotamente posible que esos recuerdos te sean propios.
No vas a plantarte y resolver que alguien que te ignora no merece tu atención, y decididamente no estás dispuesta a resignar esa vida que no tenés.
¿Qué te queda? El tiempo dirá, y dirá que esa vida no viaja con él, viaja con vos. Que ya sabés que siempre hay alguien más, y que en cuanto tengas puesto tu buzo de cebra, estés escuchando a los Housemartins y huelas a cerveza, ya vas a estar a salvo.

El Neón, La Puta, Y El Rockero

Estás a minutos de convertirte en la persona más patética del mundo, colonias de moho comienzan a formarse sobre tu cuerpo y tu vida social. Ya llevás encima más fines de semana de los que podés recordar en los que no evitás quedarte en casa, para así acentuar aún más tu soledad, porque al contrario de lo que el común de la gente piensa, vos no podes salir PARA ser feliz, para levantar tu ánimo, para salir de tu agujero y distraerte un rato, no, vos solo salís SÍ sos feliz, para festejar esa felicidad que llegó, y que no dura para siempre. Es ahí, cuando ya estás al límite de lo vergonzoso, cuando aparece el chico que te gusta con la cita que tanto estabas esperando, esa invitación con la que fantaseabas hace meses. No podía invitarte antes y evitarte el mal rato, no podía decidirse antes, no, tuvo que esperar a que estuvieras desesperadísima y ya casi aburrida de él, para venir a hacer su rescate triunfal.
Eso sí, ahora te sentís la puta mas grande del mundo. Que después de ignorarte descaradamente durante meses, de repente te invite a la casa porque la novia está de vacaciones (¡Sí, sí, créanlo o no, lo hacen con estas palabras, lo que hace replantearse si realmente valoramos la sinceridad a veces) ¿Qué sos? ¿La chica que viene en moto pero en vez de un kilo de helado trae ¼ de teta y un pan dulce en mal estado? ¿O sos la maestra suplente, a la que todos los chicos le miran el culo, pero en el fondo desean que llegue la titular porque ya están acostumbrados a sus tareas? Al menos, en esta película de enredos, sos el único personaje que maneja toda la información, no como esa pobre idiota que está con el balde y la pala pensando en cómo su novio la debe extrañar. En la posición en la que estás ya no da para andar con muchos requisitos, y francamente, con tal de transarlo y manosearlo un rato, no pensás presentar objeciones, así que desaparece tu orgullo, y por primera y única vez, vas a interpretar el papel de “La Puta”.
En estos casos hay un dilema. Evidentemente no vas a confiar en un hombre que engaña a su novia con vos. Así que no vas a esperar que después de verlo, él cometa algún acto heróico como volverte a llamar, sabés desde un principio a quien te enfrentás. Sabés que te quiere solo para el trabajo sucio. Y es acá cuando tenés que estar segura de lo que buscás, pero por sobre todas las cosas, estar segura de que pase lo que pase no vas a buscar más que eso. ¿Hasta dónde podés llegar sin hacer que la aventura se convierta en algo traumático? ¿Cómo hacer para que pasado el momento no haya arrepentimientos de ningún tipo?
En principio, si te acostás con él, es probable que después te sientas una idiota, o peor aún, que quieras seguir acostándote con él, pero ya no puedas, con lo cual el hecho de aceptar que no lo vas a volver a ver, y que lo que vos querés se lo esta dando a otra, va a ser mucho más difícil. Otra factible posibilidad sería que no te acuestes con él, con lo cual seguramente llegará el inmediato e inevitable arrepentimiento del día siguiente, cuando vas a estar echando humo por todos y cada uno de los orificios de tu cuerpo, pero tal vez en ese mismo momento no sentías las ganas, y hubieras deseado que la oportunidad no se diera solo una vez, hubieras deseado que fuera como en la época de los Beatles, y de solo sostener manos. ¿Cuál sería la opción más sensata? ¿Cuál de los dos arrepentimientos pesa menos?
Si no te acostás con él en la primera cita, inmediatamente va a pensar que no estás dispuesta a tener algo casual y sin compromisos, y que va a tener que pagar el alquiler por adelantado para que lo dejes entrar en la casa; esto es, convertirse en tu novio. Claro que con ese criterio, te los tenés que agarrar a todos de una para que no crean que te querés casar de blanco. Ellos siempre van a querer tener sexo desde el primer día, lo espiritual, lo personal, viene después, si es que viene. ¿Pero cómo llegar a eso? Si ellos te dejan antes, si después de un par de citas en las que no los dejás ponerla ya se están yendo. ¿Será que siempre tenés que entregar la entrepierna como peaje para ganar su confianza y poder acceder a algo más?

Es cuestión de psicología inversa, para entregarnos sexualmente, tenemos que ver que ellos aun están interesados en nosotras aunque no ocurra nada. Si un hombre dice "Lo hacemos cuando vos quieras, en serio, no me importa esperar, no me parece imprescindible", ¡ya está! Que se olvide, porque YA le estamos bajando los pantalones. Si en cambio opta por la posición infantil de "Dale, ¿pero por qué no?", "Pero yo quiero ahora", "¿Y cuando?", ¡MAL!, ¡error! Nunca lo va a tener, que se resigne ya por que jamás va a pasar. Si solo supieran qué decir, de qué manera llegarnos, si razonaran un poco como una mujer, si se esforzaran un poco en impresionarnos, podrían conseguir muchas más cosas. Gracias a Dios, no tienen idea de esto, no saben la contraseña, y es así como podemos diferenciar a los que nos quieren para que les hagamos un show de una sola noche, y a los que nos quieren contratar por toda la temporada.

Era Por Eso Que Cantaba Barbra Streisand


Sí, sí, sí, cuando tenés una cita programada es el mejor momento de todos. Sabés que en seis, cinco, cuatro, tres días, vas a ser transada, sí o sí. Te van a ver por la calle con un hombre que no es ni tu hermano ni tu amigo Ariel, “La reina de Ciudad Evita”. Durante esos días ya no te interesa saber más nada del chico con el que vas a salir, lo único importante es saber que hay una cita, fuera de eso, preferís evadirlo y pasar la semana haciéndote expectativas al por mayor e ilusionándote. No necesitás que él haga o diga algo fuera del libreto que termine por bajarte a la tierra. Ahora sí podés ponerte a chatear con esos amigos con los que no hablás hace tanto, ¡porque ahora sí tenés algo para contar! Podés llamar a todas las amigas con novio sin tener pánico de que te pregunten "¿Qué es de tu vida?” ¡Nunca quieren saber qué es de tu vida! ¡Solo quieren saber si por fin tenés novio! Y si te invitan a una fiesta, o a salir, accedés gustosa, porque finalmente tenés algo por lo cual salir a festejar, no sería como salir a fingir que sos feliz y disfrutás. Dejás en la tele películas como Sintonía de amor, Jamás besada y Solo Tú, porque lo único que querés es seguir llenándote la cabeza con azúcar. Ahora realmente entendés por qué Annie va al Empire State en Sintonía de amor, y por qué Barbra Streisand canta tanto en Hello Dolly, aunque para ser honesta, solamente prestás atención al 50 por ciento de la trama, el resto del tiempo, solo fantaseás, sabiendo que pronto vas a ser parte de ese romántico y emocionante mundo. Finalmente podés ir al cine con tu mejor amigo, sin sentir ganas de llorar cada vez que recordás que éste es tu mejor plan para el sábado a la noche, o cada vez que el acomodador te da dos asientos contra la pared en la última fila, y mientras guiña un ojo les dice “Buenos asientos, ¿no, chicos?”. Es en estos momentos en los que creés que tu vida se vuelve completamente impredecible, y perdés la capacidad de hacer planes a largo plazo. En el caso de que alguien te invite, por ejemplo, a irte a Santa Teresita en las vacaciones, vos no aceptás, claro, por que imaginás que tal vez tengas planes mejores, como estar haciendo nudismo en una playa de Copacabana con el flaco untándote Caipirinha. Así que por las dudas, cancelás todos los compromisos que tenías de acá a un año. También aprovechás estos momentos de felicidad para deshacerte de todas las mierdas que te recuerdan al último chico con el que saliste, ya no necesitás aferrarte a ese pasado para no sentirte carente de hombres, y además, necesitás espacio para llenarlo con nuevos boletos, servilletas sucias, fotos, CD’s de bandas que no te gustan, y todo tipo de artículos sin valor monetario alguno. Hasta podrías volver a terapia, solo para que la psicóloga vea que ahora tenés algo más para contar, aparte de que te sentís sofocada porque tu mamá levanta el teléfono cuando estás hablando. Pero mejor no, sería muy humillante contarle todo esto a alguien con un diploma. Por último, te olvidás de todo el conocimiento y gusto musical que te tomó tantos hombres conseguir, y te dedicás exclusivamente a escuchar a Ashlee Simpson, y el soundtrack de Legalmente Rubia, las piezas más alegres y alentadoras que hay en tu discoteca. Y las mismas canciones que tenías vedadas por recordarte lo mal que te sentías, ahora se reivindican transformándose en himnos de un futuro prometedor. La cuenta regresiva llega a su fin, y es la semana que más disfrutaste en mucho tiempo, pura y exclusivamente porque sabias que había algo esperándote al final. Ahora se terminan la ilusión y la fantasía, es hora de tu cita.

Con La Dignidad No Hacemos Nada



Cuando dejás de preocuparte por si te lo transarás o no, comenzás a preocuparte por cuándo te lo volverás a transar. O sea que básicamente, nunca sos capaz de disfrutar nada, tu mente siempre arruina los momentos de felicidad de tu cuerpo con ansiedad, angustias y preguntas. Y en la espera de que él reaparezca, la única salida a esa maraña de preguntas, a ese embrollo de preocupación, a esa bolsa de gatos de análisis, a ese cardumen de incertidumbres, es llamarlo vos. Dar vos el segundo paso, buscarlo, invitarlo a salir, ver qué más quiere de vos. No estás segura de que hacer eso sea una buena idea, ya que él puede creer que querés envolverlo en tu baba de seda y hacerlo tu esposo (en general tienden a pensar esto, a veces sí, queremos hacer eso, no lo vas a negar, pero muchas otras veces solo queremos lo mismo que ellos). Claro que los chicos que te gustan nunca consideran la posibilidad de que lo único que quieras de él es su lengua, o un revolcón, o 100 revolcones; son lo suficientemente soberbios como para pensar que es inevitable que si te dan la mano te agarres el brazo, de que si te conceden un par de salidas más, no vas a poder evitar enamorarte... ilusos.
Bien, para evitar que crea que sos una loca que lo persigue en busca de matrimonio, una buena pensión, y alguien a quien obligar a festejar San Valentín, consultás con todas tus amigas, y mejor aún, amigos, sobre si es correcto que vayas en busca de él, o no. Lo curioso es, que la mayoría de la gente te va a recomendar que esperes, que te hagas rogar, que le seas indiferente, que finjas que no te importa, que es él el que te tiene que buscar, y ahí te surgen dos preguntas (suele costarte no hacerte preguntas), la primera es; ¿Por qué tengo que esperar a que ÉL quiera verme? ¿Mi opinión no cuenta para nada? ¿Por qué es todo a SU conveniencia? ¿Por qué cuando ÉL sienta ganas de verme, va a poder acudir a MÍ, pero cuando YO tengo ganas de verlo debo guardármelas en la bombacha fingiendo ser una lady y esperar a que él este listo? ¿Por qué tenés que hacer lo que él quiere y cuando quiere? Estás en todo tu derecho cívico y moral de buscarlo vos. Ahora, pregunta numero dos, cuando le mostrás tu determinación a tus allegados, completamente segura de lo que vas a hacer (es más, tenés toda una lista de razones de por qué NO sos una loca escrita en un papel de carta de Garfield), ellos siempre quieren convencerte de que no lo hagas, de que no te rebajes, que no pierdas tu dignidad…¡Pero así no vas a transar nunca! ¡Con la dignidad no hacemos nada! Preferís regalarte por una noche de felicidad, lo vale, después te olvidás de lo que hiciste para conseguirla. Vos estás confiada de que sos una loba y de que él obviamente te va a decir que sí, no te cabe ninguna duda, ¡pero todo el mundo te tira abajo! Todos te dicen que es un forro, que se hace el boludo, que no lo busques. ¿Qué le pasa a todo el mundo que quiere evitar que te regales? ¡Si a vos no te molesta! ¿Qué te quieren cuidar? Tienden a impedir que te ofrezcas en sacrificio, ¿qué mierda les importa? Te quieren cuidar el culo, ¿para qué? ¡Si vos lo querés regalar! Odiás a la gente que da consejos malos para que uno se quede en el moldecito, sano y salvo, pero sin premio. Vos querés que te digan lo que querés escuchar, lo que tenés que escuchar, la idea de aconsejar no es decir la verdad, es alentar a los demás a que hagan las locuras que realmente quieren hacer pero no se animan. Y si la única respuesta que obtenés es la que no querés escuchar; a palabras necias, oídos sordos, lo único que te va a eximir del arrepentimiento y la frustración, es hacer lo que vos querías.
Y sin más vacilación, decidís comportarte como la hembra avasallante que siempre hubieras deseado ser, y lo buscás, con la certeza de que si no te regalás, nadie te va a venir a comprar.